En mi barrio, en el km.20 de Minga Guazú, tenemos una entrada de adoquines que está siendo preservada para resguardar las particularidades de antaño.
Con la llegada del "progreso" se pensó asfaltar esa entrada y la idea de cubrirlos con asfalto no se concretizó gracias al pedido de varios vecinos que nos opusimos al efecto.
Es muy interesante conservar lo antiguo, para que las generaciones futuras puedan admirar lo bello del pasado.
En ciudades emblemáticas como Asunción, cada día se desmantelan caserones sin piedad, como si fueran trastos viejos sin valor. No se aprecia el valor histórico que puedan tener.
Lectura y Animación: La lectura como medio para despertar vocaciones y como elemento de iniciación artística.
lunes, 9 de julio de 2018
Los adoquines preservados
viernes, 2 de febrero de 2018
El baldío Olga Bertinat de Portillo
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Fotografía Olga Bertinat |
El baldío es un lugar triste. En el cuento de Augusto Roa Bastos es un terreno de vida y de muerte.
En lo cotidiano un
baldío puede ser un lugar asustador y peligroso, pues de un modo general
los
asaltantes pueden aprovechar ese espacio para esconderse entre los matorrales
salir de sopetón apuntándole un revólver o un cuchillo a cualquier transeúnte,
y robarle su celular o su dinero. Los violadores también buscan los baldíos
para realizar sus fechorías.
Cerca de mi casa hay
varios, la mayoría son utilizados por los vecinos como vertederos. Es una falta
de civismo utilizar una propiedad ajena
para depositar cúmulos de basura que debían ser recolectados por el camión
municipal, sin embargo esto sucede siempre y nadie paga multas por ello. Los vecinos
alegan que “no tienen” para pagar 30.000
guaraníes mensuales por recolección, pero para las cervezas de fin de semana
siempre hay.
Y allí se encuentra de
todo: cubiertas viejas, escombros, bolsas que despiden olor nauseabundo, ramas
de árboles de poda, mucho plástico y los infaltables pañales desechables.
Pero eso no es todo. El
baldío es el lugar preferido para tirar animales recién nacidos como perros y
gatos, para que se mueran al sol, a la lluvia o que alguien piadoso los recoja.
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Fotografía Olga Bertinat |
Varias veces escuché
maullidos y quejidos provenientes del baldío. Al acercarme estaban allí los
pobres animales moribundos con los ojos carcomidos por las hormigas, ciegos
antes de ver; lamentándose con chillidos
suplicantes, con un llanto no humano pero incuestionable como un sollozo y una
pregunta: - ¿Por qué me hacen esto?
En un país donde ni la
vida humana es respetada es complicado
pedir por la vida de los animales.
Algunos padres ni siquiera pagan la pensión alimenticia de sus hijos… ¿qué
actitud tomarían frente a un animal?
Es al ver esas cualidades
egoístas cuando se percibe la falta total
de responsabilidad. Si nos referimos a la actitud de los padres para con
los hijos, el padre se lava las manos, no paga la pensión y es la mujer la que
realiza un esfuerzo sobrehumano para cumplir con los gastos que devienen de un niño (supuestamente el que no paga
pensión alimenticia va a la cárcel, pero la justicia en este país no siempre
realiza su trabajo).
Varias veces encontré
papás o mamás que querían regalarles un perro o un gato a sus hijos. Al
preguntar: -¿Qué edad tiene el niño?
Para mi asombro, la
respuesta: -Dos años.
Entonces consiguen un
cachorro para el nene y con el paso del tiempo se dan cuenta
que el animal come mucho, que ensucia la pared y que hace caca en el patio. Es en ese momento
cuando descubren que llegó la hora de tirarlo, de abandonarlo en algún lugar
pues ya es una molestia, un estorbo. El niño, al presente con tres años, no
entiende lo que pasa porque a esa edad lo que necesitaba era un peluche y no un
animal de verdad.
Y el baldío vuelve a servir
de lugar de abandono… Y es comparable a un cementerio de cuerpos vivos. Allí no
hay cajones ni coronas de flores pero es un lugar triste y lúgubre, un pequeño
infierno en el medio de la ciudad.
Olga Bertinat de Portillo
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