miércoles, 8 de junio de 2016

El peso de una maldición 2do.premio Concurso de cuentos del Club Centenario 2012

El peso de una maldición
Autora: Olga Bertinat de Portillo

Dorotea se sorprendió al verlo. Estaba sentado en su hamaca de algodón entre lienzos;  clandestino  bajo el  mosquitero raído;  y  su extraña figura   pareció  desdibujarse  a través del  tejido, mientras  ella,  con  curiosidad de primeriza intentaba descifrarlo desconfiada e incrédula.
Distinguió sus largos cabellos negros, que caían lánguidos a ambos lados del rostro incomprensible, pero no consiguió ver sus ojos. Deseó comprender los brazos y las piernas pero su nerviosismo dejó entrever apenas  una  masa corporal inconsistente y deforme.
-Hace 30 años que vive con nosotros- dijo Francisca mientras meneaba  la hamaca, que al moverse hizo que el  engendro lanzara  un chillido asustador como el de un cerdo que huye despavorido de la piara. Dorotea fingió calma, pero en el fondo de su ser, la extraña criatura la perturbó  y despertó en ella temores secretos.
Hacía poco menos de un año que se había casado con Jorge, su primo hermano. Cuando la familia  supo que había formalizado ante el juez y a escondidas la unión incestuosa, la echó de la casa. Entre  gritos, la madre había sentenciado:
-Engendrarás hijos deformes.
Dorotea llevaba  consigo el eco de esa maldición;  y el temor  a los hijos contrahechos se le había metido en las venas. Ahora que estaba embarazada, la duda y el miedo habían crecido porque había visto a ese ser monstruoso que le causaba terror: La casualidad o el destino la habían acercado a ese lugar.
 Luego del percance familiar, Dorotea y Jorge abandonaron Puerto Rosario; apenas con algunos cachivaches y montados a caballo  se dirigieron  a San Pedro transitando  caminos más cortos, cruzando divisas y piquetes, hasta que llegaron  al rancho de horcones sombríos. Entonces  decidieron apearse para abrevar a los caballos y quitarse el polvo que les cubría el rostro. Fue  así como conocieron al ser extraño; también a Francisca y a Indalecio, retireros[1] de una estancia, que  con amabilidad extrema, les convidaron con galletas y cecina. Dorotea comió con hambre y enseguida Francisca supo que estaba embarazada:
-Estás pálida y ojerosa-le dijo.
Francisca era una mujer enjuta, de cabellos grises y de  mirada profunda; rondaba los cincuenta y cinco, pero los surcos de su rostro denotaban una vejez prematura propia de las mujeres de campo.
Indalecio era angosto de hombros, tenía una figura esquelética y encorvada. Su boca exponía una sonrisa de encías rosadas y carnosas. Aparentaba ser más joven que Francisca.
Entre quehaceres y pláticas fueron desfilando las horas y llegó la tardecita.  Francisca le propuso al joven matrimonio que pasara la noche  con ellos en el rancho.
-Colocaré las hamacas en los horcones. Hace calor.
 Jorge complacido, aceptó. Dorotea temerosa  permaneció en silencio. El engendro le daba miedo, pero no dijo nada.
La noche fue arrimándose lenta y perezosa.  Francisca colocó  la olla de hierro en el fogón y preparó cecina con arroz. Mientras se  ocupaba de servir la cena, los gemidos del engendro se escuchaban de a ratos y retumbaban en el mutismo de la noche.
De repente la voz de Indalecio sonó enflaquecida:
-Lo encontramos en el albañal de San Pedro. Es nuestro hijo desde hace 30 años.
-Es nuestro único hijo-aseveró Francisca al momento que tapaba la olla.
-Se llama Ramón porque lo encontramos el 31 de agosto, día del Santo Patrono -expresó Indalecio y prosiguió-parecía un pollito enfermo envuelto en una bolsa de harina cuando lo levanté del suelo.
-En aquella época éramos carriteros[2] y mientras recorríamos  el vertedero escuchamos un gemido que provenía de un montículo de basura. Estaba enrolladito, colocado sobre los desperdicios.
-Desde ese día es nuestro-dijo Francisca orgullosa.
Dorotea  en su juventud no alcanzaba a comprender la magnitud del amor que Francisca e Indalecio sentían por la criatura. Jorge, por su parte, escuchaba atento el relato, pero no lo vivenciaba en plenitud ya que en sus pensamientos la idea fija de conseguir un empleo y de  mantener a Dorotea eran para él lo primordial y la realidad ajena escapaba a su comprensión.
La charla prosiguió hasta que Francisca arropó a Ramón y llevó a los jóvenes hasta las hamacas donde dormirían.
Jorge se acostó y se durmió enseguida. Dorotea  dio vueltas, escuchó cantos de grillos y de gallos. Le pareció que le cantaban en el oído. Tuvo pesadillas, sintió dolores de parto y despertó sudorosa; de un salto sacudió a Jorge que moviéndose  asustado la abrazó. Ella se dio cuenta de que todo no pasaba de  una alucinación, entonces se tranquilizó pero ya no volvió a su hamaca ni a dormirse. Se acurrucó al lado del marido hasta que las primeras luces la alumbraron pálida y despeinada.
Bien temprano, Francisca preparó cocido[3] y lo sirvió con reviro[4]. La criatura lanzó un chillido y la mujer metió un jarro por debajo del mosquitero.  Dorotea observaba atenta y escuchó cómo sorbía el líquido con ruidosa agitación.
-Ramoncito, che memby[5]… ¿Cómo amaneciste? -preguntó Francisca amorosa. Éste pareció responder con un gritito ronco que sobresaltó a Dorotea.
Cuando terminaron el desayuno Jorge ensilló los caballos y decidieron proseguir el viaje. Le agradecieron a Francisca e Indalecio por  la comida y por acogerlos en el rancho. Se despidieron y tomaron el camino que les había indicado Indalecio:
-Hoy a la tardecita llegarán a San Pedro; siguiendo por este rumbo van por camino seguro.
Dorotea y Jorge levantaron los brazos en señal de despedida, sabiendo que marchaban hacia una nueva vida;  y que el futuro comenzaba  al final del camino.
Cuando llegaron a San Pedro la tarde comenzaba a despedirse y los rayos del sol alumbraban enflaquecidos.
 A los pocos días de haber llegado Jorge encontró trabajo en la estancia “El rosedal”, allí comenzó a trabajar de peón y llevó consigo a Dorotea, a quien el embarazo la tuvo a maltraer durante los seis primeros meses. Además de los vómitos y de los dolores de cabeza, una idea fija la atormentaba y no conseguía apartarla de sí. Recordaba a Ramón, y su figura deforme le aparecía en sueños.  Ella  al despertar decía para sí:
-Son  zonceras, mi hijo nacerá sano y hermoso.
Doña Porfiria era la partera del lugar, la que ayudaría a Dorotea a tener al niño. Vivía cerca de su rancho. Eso la tranquilizaba un poco.
Una tarde, mientras Jorge se encontraba arreando un lote de animales, lejos de la estancia, Dorotea sintió los dolores  del parto. Tomó el bolsón con las ropitas del niño y caminó hasta el rancho de la partera. La noche cayó urgente entre truenos y  relámpagos  que dibujaban en el cielo figuras tétricas.
-El mal tiempo siempre apura a las parturientas-dijo Doña  Porfiria mientras preparaba una palangana de agua tibia.
Enseguida una lluvia torrencial comenzó a caer impiedosa sobre las tejuelas de timbó[6] del rancho, que comenzaron a escurrir una lluvia fría y rápida sobre los tirantes cargados de hollín.
Los gemidos de Dorotea fueron silenciados por el estruendo de la tormenta y la voz de la partera sonaba lejana entre  fragores y el repiquetear de la lluvia:
- ¡Ya viene!
En el último pujo, el bebé emergió presuroso y el agotamiento extremo de Dorotea hizo que ésta sufriera un desmayo momentáneo; tiempo suficiente para que Doña Porfiria cortara el cordón del niño y lo envolviera en una manta de lienzo. Cuando Dorotea despertó del trance miró al bebé y el temor arcano de la maldición de su madre se reflejó en sus ojos cargados de terror y lanzó un grito que se confundió con los sonidos groseros de la noche tempestuosa:
-¡Noooo!
De un salto abandonó la cama y con el hijo en brazos corrió despavorida noche adentro, ante la mirada estupefacta de la partera que boquiabierta observaba el hilo de sangre  que se despintaba bajo las heladas gotas de lluvia. Un alarido se retiró con ella:
-¡Nadie va a burlarse de ti! ¡Nadie!

Doña Porfiria salió corriendo detrás de Dorotea pero ésta se perdió en la negrura de la noche, alumbrada de a ratos por relámpagos encandiladores. No la halló por ningún lado y  la lluvia no cesó  durante horas.
Jorge llegó con el amanecer. Doña Porfiria aún incrédula y asustada por lo sucedido, relató acongojada los pormenores del hecho.  Jorge apresurado y temiendo lo peor, salió con un grupo de baqueanos a buscar a su esposa en la gélida mañana de julio.
A pocos kilómetros del rancho la encontraron acurrucada con el hombro apoyado en un árbol. Tenía los ojos abiertos y vidriosos. Estaba pálida. En sus brazos rígidos, el niño envuelto en la manta mojada  gemía pausadamente. Jorge con aprensión lo tomó entre sus brazos y al descubrirle el rostro  y el cuerpo comenzó a sollozar.
-Es una nena. Es hermosa -dijo.

¡Dorotea inerte al borde del camino! Los ojos muy  abiertos escudriñan aún  la noche del terror. Dorotea fría y rígida parece observar a su hija a través del espejo de la muerte.
El temor arcano ya no existe, se ha marchado diligente; y en su huida arrastró a Dorotea  a ese espacio donde la existencia deja de ser. Se la ha llevado a ese territorio enigmático y postrero al que ineludiblemente se dirigen  todos los mortales.                                                                                                          
                                                                





[1] Cuidadores de los retiros, lugares generalmente bastante alejados de la sede central de una estancia.
[2] Personas que conducen carros tirados por caballos y generalmente juntan y transportan basura, cartones  o botellas.
[3] Bebida preparada con yerba mate y azúcar quemada.
[4] Alimento elaborado con harina, muy utilizado en el desayuno de las personas del campo.
[5] En idioma guaraní: hijo.
[6] Árbol; madera que se extrae del mismo.

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